Existen juegos que permanecen a través del tiempo, que son integrados a la tradición y a la cultura de los países y que están teñidos de afectos y significados. Se sabe que todos los niños y niñas, más allá del contexto cultural donde están creciendo, tienen el fuerte impulso por jugar. Es una actividad que contribuye al acercamiento entre generaciones, abuelos, padres, hijos, y entre pares en los jardines infantiles. Vale saber un poco más sobre esta actividad tan arraigada y esencial en la sociedad humana.
Para que una actividad clasifique en la categoría de juego, debe producir placer motivando la inclusión de algún objeto de imaginería. Los juegos guiados, planificados y estructurados en torno a ciertos objetivos de aprendizaje, requiere que los docentes se capaciten y adquieran las necesarias competencias para incorporarlos a sus actividades cotidianas.
Las tendencias actuales en países desarrollados apuntan a aumentar los espacios y tiempos dedicados al juego, aunque ocurre en la práctica que a veces esos espacios tienden a disminuir. Consciente de ello Japón ha definido políticas educacionales respecto del juego como estrategia educativa, recomendando específicamente hacer jugar a los preescolares y los docentes son entrenados para actuar observándolos y guiándoles hacia los objetivos buscados (Hirsch Pasek, 2014).
Un buen dato, se ha comprobado que la cantidad de tiempo que los menores pasan jugando con sus pares, es proporcional al vocabulario que van a manejar a los cinco años. También se sabe que el juego reduce el estrés infantil, los problemas de comportamiento y, además, entrega motivación para asistir al colegio.
Se prefieren los libros impresos (en papel) que los digitales.
Asimismo, se ha podido comprobar que el uso de libros de cuentos impresos (versus digitales) resulta más atractivo para los niños, porque permite mayor interacción y cercanía emocional, al tiempo que aumentan su vocabulario y su capacidad de enfrentar la lectura inicial sistemática.
El juego tiene un estatus indiscutible, no solo como un medio para enseñar y aprender, sino también como un fin en sí mismo, como un derecho inalienable del niño, reconocido a nivel mundial en la Convención de los Derechos del Niño (Naciones Unidas, 1989). Allí se reconoce el derecho del niño al descanso y al esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de la edad. Se ratifica que el juego debe estar presente incluso ante las crecientes demandas que implican las tareas escolares.
El juego puede aparecer entonces, como un contenido programático que se justifica por sí mismo, de manera que, represente para el niño una experiencia tan importante y elevada, como lo es para el adulto la investigación, la exploración científica y el arte.
“El juego constituye el rasgo distintivo de la infancia. Es la manifestación viva y visible de la imaginación y el aprendizaje en funcionamiento. Es también la señal más visible de la inutilidad paradójicamente útil de la inmadurez”, declara Alison Gopnik (2010).
Un decálogo para tener en cuenta:
(Información contenida en el libro Madurez Escolar, de Mabel Condemarín, Mariana Chadwick, María Elena Gorostegui y Neva Milicic), Ediciones UC, año 2024, Santiago de Chile).